El Último Oasis de la Risa: Capítulo 2: El Decreto de la Seriedad Eterna
Doña Gertrudis emergió de la sombra del ayuntamiento como una aparición. Su vestido negro absorbía la luz del sol creando un vacío visual. 'Forastero', dijo con voz que recordaba al crujir de tumbas antiguas, 'en Polvoriento tenemos normas. La principal: prohibidas las sonrisas, carcajadas, risitas y cualquier expresión que denote alegría desmedida'. Alberto inclinó su sombrero. 'Señora, soy Alberto Mendoza, especialista en felicidad portátil. Me dicen que aquí necesitan mis servicios urgentemente'. Gertrudis esbozó algo que en otro lugar podría haberse llamado sonrisa, pero aquí era solo un gesto de advertencia. 'Lo único urgente aquí es que se marche'. Mientras hablaban, Pepe observaba desde la distancia, intentando recordar la última vez que alguien había usado el color amarillo en el pueblo. 'Tal vez...', pensó, 'tal vez este hombre loco pueda enseñarnos algo'. Esa noche, Alberto montó su carpa fuera del pueblo y comenzó a preparar su 'artillería de alegría', mientras las estrellas del desierto parecían guiñarle un ojo aprobatorio.