El Eco de las Mareas Muertas: Capítulo 3: El Faro de los Ahogados

La tormenta azotaba Bahía Quieta con furia bíblica. El viento aullaba entre las casas, llevando consigo el llanto de gaviotas aterrorizadas. Valeria corrió hacia el faro abandonado, siguiendo las pistas del diario del Capitán Tomás que había encontrado escondido bajo una tabla suelta de su bote.

'No puede ser', murmuraba mientras trepaba la escalera de caracol oxidada. Las páginas mostraban dibujos de criaturas con cuerpos humanos pero piel de pez, bocas sin labios llenas de dientes afilados. 'Esto es una locura'.

En la sala de la linterna, encontró a la Anciana Marina esperándola. La tormenta relampagueaba a través de los vidrios rotos, iluminando su figura de manera espectral.

'Pensé que vendría', dijo la mujer. 'Los curiosos siempre llegan al faro. Es el lugar donde mejor se ven las señales'.

'¿Qué son estas cosas?' Valeria mostró los dibujos, sus manos temblando.

'Los Ecos', respondió la anciana. 'Lo que queda de los que el mar tomó. Regresan cada ciclo para reclamar más almas. Su canción llama a los vivos hacia las profundidades'.

De repente, el sonido comenzó. Un canto etéreo que se filtraba a través del rugido de la tormenta, melodías que no pertenecían a garganta humana. Valeria sintió una urgencia irresistible de seguirlo, de correr hacia la playa y adentrarse en las olas enfurecidas.

'¡Resiste!' gritó la anciana, agarrándola del brazo. Sus dedos eran fríos como el mar profundo. 'Si sucumbes a su llamado, te unirás a ellos. Como me pasó a mí hace cincuenta años'.

En un relámpago, Valeria vio la verdad: la Anciana Marina no era humana. Bajo su apariencia, era uno de ellos, atrapada entre dos mundos.