El Eco de las Mareas Muertas: Capítulo 1: La Marea Reveladora
El amanecer encontró a Valeria Ríos caminando por la playa de arena negra de Bahía Quieta. El aire olía a sal marina y algas podridas, una fragancia que ya empezaba a ser familiar después de tres días en el pueblo. Las olas rompían con un sonido sordo contra las rocas, retirándose para dejar al descubierto lo que no debía ser visto.
'Señorita periodista, mejor regrese al hostal', la voz ronca del Capitán Tomás la sobresaltó. El viejo pescador emergió de la niebla matutina, sus botas de goma haciendo ruido contra los guijarros. 'Cuando la marea baja así... algunas cosas es mejor no verlas'.
Valeria ajustó su chaqueta contra el frío húmedo. 'Solo estoy investigando los reportes de contaminación, capitán. Nada de qué preocuparse'.
Una risa seca escapó del hombre. 'Contaminación. Sí, eso es lo que dicen'. Sus ojos se posaron en algo más allá de ella, donde la marea retrocedía rápidamente. 'Mire, ya comienza'.
Siguiendo su mirada, Valeria vio cómo el agua se retiraba de forma anormalmente veloz, dejando al descubierto partes del lecho marino que normalmente permanecían sumergidas. Y allí, entre las rocas cubiertas de mejillones, algo blanquecino se movía. No eran algas ni peces. Eran dedos humanos, pálidos y hinchados por el agua, moviéndose como si saludaran.
'Dios mío', susurró Valeria, acercándose contra su mejor juicio. El olor a podredumbre marina se intensificó, mezclándose con algo dulzón y nauseabundo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio el cuerpo completo: desgarrado de manera metódica, con patrones de cortes que no parecían naturales. Pero lo más aterrador eran los ojos, abiertos y cubiertos de una sustancia nacarada que brillaba con la tenue luz del amanecer.
'El primero', murmuró el Capitán Tomás detrás de ella. 'Siempre comienza con el primero'.