El Último Suspiro del Valle Esmeralda: Capítulo 2: El Latido de la Montaña

Al amanecer, Alonso se dirigió hacia la grieta principal que había venido a estudiar. El camino serpenteaba entre rocas cubiertas de musgo donde el aire olía a ozono y tierra removida. Al llegar al borde del abismo, contuvo la respiración: la grieta medía más de cien metros de largo y emanaba un calor húmedo.

'No es solo una falla geológica', murmuró para sí mismo, colocando su mano sobre la roca. Sintió una vibración constante, como un latido profundo.

Esa tarde, visitó a la Abuela Isidora en su cabaña al borde del bosque. El interior olía a hierbas secas y leña quemada. 'Mi bisabuelo firmó un pacto con la montaña', explicó la anciana mientras servía té de muña. 'Le damos respeto, ella nos da sustento. Pero los hombres olvidan los pactos'.

'¿Un pacto?', preguntó Alonso incrédulo. 'Señora, esto son fuerzas tectónicas, no magia'.

Isidora sonrió tristemente. 'Ustedes los científicos nombran las cosas para sentir que las controlan. Pero algunos nombres no caben en sus libros'.

Al regresar, Alonso encontró a Sebastían supervisando trabajos de contención. 'Necesitamos expandir la mina, doctor. El pueblo necesita prosperar'. Esa noche, nuevos temblores despertaron a Alonso, más fuertes esta vez, como si la montaña protestara.