El Último Oasis de la Risa: Capítulo 4: Cuando las Risas Florecieron en el Desierto

Doña Gertrudis irrumpió en el granero dispuesta a poner fin al 'descarado ataque de felicidad'. Pero al ver a su sobrino Pepe riendo abiertamente por primera vez desde que era niño, algo se quebró dentro de ella. 'Tía', dijo Pepe con lágrimas en los ojos, '¿recuerdas cuando papá nos hacía esas caras ridículas?' Un recuerdo largo enterrado emergió: ella misma, joven y alegre, riendo hasta dolerle el estómago. Alberto se acercó suavemente. 'Doña Gertrudis, la alegría no se decreta, como tampoco la tristeza. Solo sucede'. Y entonces ocurrió el milagro: una sonrisa genuina, temblorosa al principio, luego firme, iluminó el rostro de Gertrudis. Al día siguiente, el decreto de la seriedad fue reemplazado por uno nuevo: 'Ordenanza Municipal para el Fomento de la Risa Oportuna'. Alberto partió al amanecer, pero dejó atrás un pueblo transformado. Y en el lugar más seco del desierto, había florecido el verdadero oasis: no de agua, sino de risas que regaban el alma.